miércoles, 22 de agosto de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXXII) Sin tregua

Aprovechando el plástico
Foto original de Vicente Baos
Las sirvientas de la casa no paraban de hacer preguntas a Nabulungi sobre su historia de amor. Rápidamente, los motivos de su huida habían transcendido por el entorno. Nabulungi no tenía la menor experiencia amorosa. Ningún hombre o muchacho de su edad se había acercado con otra intención diferente que la de abusar de ella. Tenía mucha experiencia en huir y evitar a los hombres, pero ninguna sobre recibir una palabra amorosa, aunque fuera falsa y solo el preludio de una violación. Twebaze había sido el primer hombre en el que había confiado. Siempre había actuado de forma solícita y ella estaba lo suficientemente desesperada como para verse obligada a seguir sus indicaciones. Ahora lo veía como un compañero que le ayudaba más de lo que ninguna persona, hombre o mujer, la habían ayudado ¿así se empezaba a querer a un hombre? Las respuestas que daba sobre su amor perseguido eran ambiguas y no satisfacían la curiosidad de las sirvientas. La dejaron pronto en paz.
Twebaze se incorporó a las tareas del campo. Era un chico curtido en la vida urbana pero nunca había usado una panga. Al poco tiempo, su mano empezó a sentir el efecto abrasador de la fricción del mango de madera. Tras cortar maíz más de una hora, su mano empezaba a despellejarse. Un curtido campesino que vio sus inexpertas habilidades le cubrió con cinta aislante toda la superficie de apoyo. "Te dolerá al quitártelo pero te evitará que se te abran heridas. Mañana póntelo antes de venir -le dijo pasándole la gruesa cinta gris.
Al final del día, tras la cena, Twebaze y Nabulungi pudieron encontrarse un rato.
-Tenemos que quedarnos aquí un tiempo para ver cuál puede ser nuestra próxima salida. Será duro, pero no podemos ir dando vueltas, sin dinero y sin apoyos -dijo Twebaze.
-No lo sé. Tengo la impresión de que nos encontrarán si nos quedamos aquí mucho tiempo.
-No hay otra opción por ahora. Quizá me podría enterar si hay alguna institución religiosa en las cercanías que nos pueda ayudar a salir del país. Hoy no podemos hacer más. Intenta descansar e iremos viendo los próximos días si se nos ocurre algo -concretó Twebaze.
Cuando la amenaza es tan cierta, el deseo de relajarse y acomodarse es una tarea imposible. 
Kigongo volvió a su casa a la hora habitual, cuando la oscuridad empezaba a ser densa en una ciudad mal iluminada. Entumecidos por la cantidad de horas que habían pasado en el vehículo, Tagan y Mbazazi se dirigieron a toda velocidad hacia el chico que abría el portón de la casa empujando el boda-boda. Si ésa era la casa y un chico con moto entraba, ése debía ser Kigongo. El primer empujón le tiró al suelo, mientras cerraban el portón para evitar testigos. La bofetada fue suave, Tagan quería ponerle en circunstancia, no noquearle a la primera.
-Tú eres Kigongo ¿verdad?
-Sí -respondió asustado y viendo claramente lo que estaba ocurriendo.
-Por tu cara creo que entiendes quiénes somos y qué hemos venido a buscar, ¿dónde están Nabulungi y Twebaze? - dímelo y te ahorrarás muchos problemas.
Kigongo había tenido también una infancia de orfanato y supervivencia. Nunca había sido un combatiente,  siempre había buscado la complicidad y la amistad para conseguir sus objetivos. El enfrentamiento no había sido nunca su arma. Caer bien era su estrategia.
-Bien, ¡no me hagáis daño! Os lo diré. Tenía que ayudarles. No tenía otra opción. Pero yo no he querido tener problemas -dijo en tono suplicante. Están en la finca de un familiar, trabajando, hemos ido esta mañana y allí se han quedado.
Tagan se sorprendió de lo fácil que había sido sacar la información. Este chico le parecía un gusano miserable, un cobarde sin compromiso, un amigo de mentira. Respetaba más a los huidos por su valor. Le dio a Kigongo un terrible puñetazo en la cara, frontal, directo, que fracturó su nariz y los incisivos superiores. Se quedó con las ganas de seguir golpeándolo, pero le quería espabilado para que les guiara hasta el escondite de sus presas.
-Lávate la cara y mantén los ojos bien abiertos. Nos vamos ahora mismo a buscar a tus "amigos" -le ordenó mientras le arrastraba al grifo de agua que estaba en el patio de la casa.

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