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martes, 3 de enero de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XIII) Luz y sudor

El primer combate debía durar un poco más de lo habitual. El público asistente se dedicaba prioritariamente a saludarse, a beber y a comer de las múltiples bandejas que llenaban los laterales del edificio. Iluminadas por luces indirectas, las mesas estaban llenas de sabrosa comida india y ugandesa. Las bebidas eran servidas por mujeres elegantemente vestidas que pasaban las bandejas con alcohol o sin alcohol bien diferenciadas. La luz cenital caía sobre el ring y los focos laterales destacaban las figuras de los boxeadores. Un entorno cuidado para la diversión de los poderosos. Las cabinas de apuestas empezaban a recibir a los asistentes tras el primer asalto. Cada espectador se había hecho una idea de la capacidad de cada contendiente, o bien, había recibido un  enterado consejo de algún amigo presente. Había amigos de los amigos de cada boxeador repartidos por la sala. Siempre hay que guardar los equilibrios.
Los dos jóvenes que empezaron la velada eran profesionales. Jab, directo, jab, crochet.... Ambos sabían defenderse y atacar de forma consecutiva. Ninguno parecía superior. Las apuestas eran muy igualadas. En el tercer asalto, la gente más importante había empezado a sentarse en las escasas sillas existentes. El combate comenzó a acelerarse, los golpes eran más rápidos y certeros, ambos boxeadores sudaban profusamente en la noche ecuatorial. La primera pelea debía finalizar de forma espectacular para dar emoción a los asistentes. A la mitad del quinto asalto, un gancho bien dirigido hizo tambalear al boxeador predeterminado para perder. Dio un paso hacia atrás bajando los brazos, permitiendo que recibiera un directo contundente, claro, sin ninguna protección, en el centro de la cara, provocando su caída y el  knock out. Aplausos, aullidos, brindis de los que habían ganado su primer dinero esa noche, menos la correspondiente comisión del 20% para los organizadores.
Pasaron por el ring cinco parejas de boxeadores profesionales, todos hombres jóvenes curtidos en saber recibir, en saber dar, en saber sufrir por un dinero que no era fácil ganar. 
El presentador subió a introducir a la sexta pareja que iba a combatir esa noche. Teatralmente, las luces se hicieron intermitentes, durante dos segundos se hizo la oscuridad y a continuación, con voz engolada, anunció:
- Señoras y señores, llega el momento de dar un cambio a nuestro espectáculo y presentar a las jóvenes promesas anunciadas. Chicos y chicas de 14 años hacia abajo van a demostrarnos que la edad no es un impedimento para ser un luchador, para tener coraje y saber defenderse. Para atacar al enemigo como si fuera lo último que se hace en la vida. Para demostrar que son...unos grandes luchadores - gritó de manera ensayada.
La mayoría de los asistentes aplaudieron. Algunas damas acompañantes se miraron con cierta inquietud. Muchas tenía hijos de esa edad. 
Desde los laterales, envueltos en batas multicolor, saltaron al ring dos chavales de los mayores. Con asustada sonrisa, levantaron los brazos para saludar. Tagan estaba en una de las esquinas del cuadrilátero. Twebaze en la parte más alejada, junto a los conductores y el personal de servicio. Empezaba el primer combate a sangre. 

3 comentarios:

  1. A lo mejor no leí los primeros textos de “Las suaves colinas de Kampala“ y me perdí la uatoría, pero desde hace tiempo sigo cada post y me encantan. Espero que sigas publicandolos a pesar de su dureza. Gracias.
    Jose Antonio

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  2. Gracias José Antonio. Puedes leerlos todos desde el principio http://vicentebaos.blogspot.com/p/las-suaves-colinas-de-kampala.html
    Un cordial saludo

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  3. "El primer combate a sangre"...
    Ya desde el nombre, me suena terrorífico. ¿cómo los niños no le temen? ¿serán tanto los deseos o la necesidad de sentirse apreciados por alguien?

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