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domingo, 22 de enero de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XV). Alma salvaje

Agua y techo.
Foto original de Vicente Baos

Nabulungi saltó con entusiasmo al centro del ring. Había estado calentándose en una sala cercana junto a otras tres combatientes. Cada una a lo suyo, sin mirarse, sabedoras de que en pocos minutos iban a ser contrincantes, que iban a tener que pegarse y hacerse daño. A través de las paredes llegaba el griterío del público asistente. Nabulungi y sus compañeras nunca habían asistido a un combate de boxeo en directo. Tagan le había enseñado algunos vídeos de peleas en Estado Unidos y Tailandia, incluso le había mostrado la película de Clint Eastwood, Million Dollar Baby, amarga y triste visión de la vida de ciertas personas y el boxeo femenino estadounidense.

Nabulungi se sentía una heroína que se enfrenta a su primer reto. Iba a ser la mejor, la más feroz y combativa. Tagan se sentiría orgulloso por su actuación. Las reglas del combate serían las mismas que la de los chicos, éste se pararía cuando apareciera sangre, siendo cada round de dos minutos. No llevarían ningún protector especial, irían con holgadas camisetas y anchos pantalones cortos. Sería más patente su corta edad y menudo cuerpo.

Los asistentes ya sabían de la existencia de los combates femeninos, aún así, los de confesión islámica mostraron cierto disgusto cuando aparecieron en el ring las dos muchachas, algo más frágiles que los combatientes varones adolescentes previos. 

- Señoras y señores, en pocos momentos verán ustedes el momento estelar de la noche. El combate entre dos panteras, entre dos leonas de nuestra sabana, a dos fieras domadas que sacarán ante ustedes el alma salvaje y la fuerza de la mujer ugandesa. A dos futuras reinas del boxeo mundial que hoy empiezan ante ustedes su carrera - gritó el presentador, conocido locutor de la radio estatal y escritor de discursos a relevantes políticos.  
Nabulungi jadeaba excitada, Tagan masajeaba sus brazos y su cuello. El brillo sudoroso mojaba su frente y su tórax, la camiseta estaba empapada antes de empezar el combate. En la otra esquina, una muchacha algo más alta que Nabulungi realizaba los mismos movimientos mientras recibía consejos, cerca de su oído, del entrenador. Sonó la campana.
Ambas boxeadoras comenzaron tirándose golpes que fácilmente paraban sus guantes. Se movían, giraban, intentaban alcanzarse sin éxito mientras que el público intentaba elegir a su favorita para efectuar las apuestas. Se admitían como máximo hasta el tercer round, nadie pensaba que aquel juego pudiese durar más de 3 o 4 rounds. Tras el primer asalto, Tagan aconsejó a Nabulungi que golpease a las costillas, aprovechando la mayor altura de la otra boxeadora. 

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