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martes, 1 de mayo de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXII) Sin espacio para el dolor

Mujer y corderos
Foto original de Vicente Baos
Todos en el gimnasio estaban hablando de la velada que iba a celebrarse el siguiente sábado. Habían pasado 3 semanas desde la última y Nabulungi se había recuperado bien bajo la atenta vigilancia de Tagan. Seguía entrenándose duramente y sus brazos se habían fortalecido,  las piernas estaban tensas y firmes y los abdominales reforzaban su silueta atlética. Su  gesto también se había endurecido. 
En una esquina, Tagan llevaba hablando más de 40 minutos por teléfono. A veces subía la voz, manteniendo un tono contenido, para a continuación contraer sus músculos faciales denotando enfado. Nabulungi, que le miraba de reojo, se dio cuenta que al colgar dirigió su mirada hacia ella. Tras la conversación que tuvo con él  después de la primera velada, esa mirada le provocó un estremecimiento.
Twebaze seguia en su papel de criado de la casa. No había tenido oportunidad en ningún momento de hablar con Nabulungi. Incluso ella, había esquivado su mirada al pasar cerca de él. O quizás, más que esquivar, había bajado la vista a su paso. Twebaze pensaba que ella tenía más miedo que él.
Un día antes de la velada del sábado, Tagan reunió a todos los boxeadores:
- Quiero anunciaros cómo van a ser las peleas de mañana. Nadie sabe contra quién va a pelear. Los organizadores quieren cambiar el sistema de peleas y de apuestas; y ya sabéis que son ellos los que mandan. Nosotros a callarnos y a cumplir. Todos contra todos va a ser la norma. Se harán apuestas a ciegas por el número de pelea y otras cuando ya se sepan los combatientes. Solo se respetarán las edades. 
Todos los boxeadores presentes asintieron, pensando que no les afectaba especialmente ese cambio.
- Quiero también avisaros que en este negocio todo es muy variable. Que quién no cumpla bien se largará de aquí y volverá a la mierda de donde salió. Queda claro - enfatizó con su vozarrón.
Nabulungi paseó su mirada entre los presentes. En la casa había 4 chicos de su edad, uno de ellos Akello. En la primera velada había visto a 3 chicas boxeadoras, una de ellas la que le hizo KO. ¿Con quién pelearía? Por lo menos eran 4 chicas y podría combatir entre ellas.
La época de lluvias estaba siendo especialmente intensa en Kampala ese año. A través de la ventana, Nabulungi miraba como la lluvia provocaba los ríos de barro que inundaban todos los caminos. Imaginaba su antigua casa con su madre preparando matooke y chapati. Ella, agazapada en el quicio, con sus piernas encogidas y resguardadas debajo de su vestido, oliendo la comida. Los viandantes, que corrían entre el barro para guarecerse de la lluvia, portaban su pequeña bolsa de plástico con la cena que habían comprado. El olor al humo de la combustión de los grandes camiones que transportaban gasóleo desde Kenia venía también a su recuerdo. Fue su vida. Ahora, nada de aquello quedaba. Solo sus propias fuerzas. Apenas unas lágrimas contenidas aparecieron en sus grandes ojos. 

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