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domingo, 6 de mayo de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXIII) Todo o nada

Juego
Foto original de Vicente Baos
La furgoneta estaba lista para salir del patio de la casa. Cada boxeador estaba sentado esperando a que llegara Tagan para dirigirse hacia el lugar del combate. Las bolsas de deporte estaban amontonadas en la parte trasera y Twebaze, su porteador, se había colocado encima de ellas como había podido. Todos iban en silencio, salvo Akello que canturreaba las canciones que escuchaba desde su teléfono móvil. Nabulungi sentía con desagrado el contacto de la pierna de Akello con la suya en los apretados asientos de la "van".
- Vámonos ya - dijo Tagan al conductor, hoy vamos más lejos de lo habitual.
Anochecía en las calles de Kampala y el tráfico volvía a ser la pesadilla de una ciudad sin autobuses u otro tipo de transporte público masivo. La razón era muy simple. Si un conductor con un autobús puede transportar 50 personas, ¿de qué iban a comer los miles de conductores y cobradores de los taxi-van que inundaban la ciudad? Dar microempleos a miles y miles de personas en África no pasa por la eficiencia sino por el reparto.
Tras casi una hora de viaje, llegaron a una gran finca a varios kilómetros del centro de la ciudad justo cuando las luces de la casa se apagaron bruscamente. Entre la oscuridad, rota únicamente por los faros de la furgoneta y las linternas de los guardias, pudieron distinguir el círculo de amplias fogatas que delimitaban en el centro el ring dedicado a las peleas. En diversos escenarios elevados, veían moverse sombras que acarreaban sillas, cajas de bebidas y numerosos utensilios de hostelería. Súbitamente volvió la luz, divisándose una amplia y lujosa casa y numerosas pequeñas farolas que delimitaban los caminos del jardín, llenos de grandiosos árboles como el bubinga y el dabema. Una música estridente e inesperada sobrecogió a todos los ocupantes del vehículo. Aparcaron a unos 100 metros del ring, en unos almacenes de comida donde debían montar el vestuario. Tagan les indicó que se fueran preparando y calentando detrás del almacén y se dirigió hacia la casa principal. 
Twebaze buscó a Nabulungi en la penumbra y discretamente se acercó a ella.
- Nabulungi, estoy un poco asustado. No he podido hablar contigo antes. El otro día escuché de refilón la conversación de Tagan con alguno de los organizadores mientras estabais entrenando - susurró casi al oído de ella. Hablaba de ti, que te creía más fuerte de lo que habías sido en la otra pelea y que te preparaba una sorpresa. Si no la superabas, te entregaría a Mama-Ji o te tiraba al arroyo.
- ¿De verdad? ¿cómo ha podido decir eso? Yo me he esforzado y estaba segura de que Tagan me quería ayudar.
- Aquí no puedes fiarte de nadie, de nadie. Yo no sabía dónde me metía cuando me ofrecieron captar boxeadores. Ahora lo sé. Para ellos somos menos que animales. Solo les interesa ganar dinero a nuestra costa. Deberíamos irnos. Tú me recuerdas a mi hermana secuestrada y no puedo abandonarte - afirmó Twebaze, casi implorante.
- Pero ¿cómo vamos a salir de aquí? Ahora tengo que combatir, no me queda más remedio.
- Por favor, Nabulungi, gana como sea. Después pensaremos en la huida - dijo Twebaze.

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