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domingo, 3 de marzo de 2013

El bidón de plástico en África

Buscando agua. Uganda 2011
Foto original de Vicente Baos

El libro Ébano de Ryszarg Kapuscinski es una fuente inagotable de relatos sobre la realidad africana. Para los que la conocemos, nos reafirma con su bella prosa, para los que no la conozcan, les ayudará a entenderla mejor. Sus gentes, sus políticos, su historia, su religiosidad; todo es apasionante en este libro. Al leer estos párrafos me vino rápidamente la foto de la que estoy más orgulloso de cuantas hice en Uganda: los niños a la busca del agua en la región de Kasenda.
" Y en la casa, al niño le corresponde el papel más importante: es el responsable del abastecimiento del agua. Cuando todo el mundo duerme todavía, los chicos pequeños se levantan de un salto en medio de la oscuridad y corren hacia las fuentes, los estanques y los ríos en busca de agua. La tecnología moderna ha resultado ser un gran aliado de estos críos, pues les ha regalado el bidón de plástico, ligero y barato. Hace una veintena de años, dicho bidón revolucionó la vida africana. En el trópico, el agua es la condición de supervivencia. Puesto que la canalización no es muy corriente por aquí y el agua no abunda en ninguna parte, a menudo hay que trasportarla a grandes distancias, a veces a más de quince kilómetros. Durante siglos enteros habían servido para este fin pesadas vasijas de piedra o barro.
La cultura africana no conoce el transporte rodado, la gente lo lleva todo ella misma, preferentemente sobre la cabeza. Las vasijas las cargaban las mujeres, de acuerdo con el tradicional reparto del trabajo en el hogar. Además, un niño ni siquiera habría podido levantar una vasija como aquéllas, y en este mundo pobre, en una casa casi nunca había más que un solo recipiente. He aquí que apareció el bidón de plástico. ¡Un milagro! ¡Una revolución! En primer lugar, es relativamente barato (aunque en algunas casas sea el único objeto de valor): cuesta unos dos dólares. Pero lo más importante es que ¡es ligero! Como también lo es el que se fabrique en varios tamaños, de modo que incluso un niño muy pequeño puede transportar unos litros de agua. ¡Todos los niños la acarrean! Ahora mismo vemos a un tropel de alborotada chiquillería que, jugando y dándose empujones, se dirige a una fuente lejana en busca de agua. ¡Qué enorme alivio para la mujer africana, agotada hasta el límite de sus fuerzas! ¡Qué cambio tan grande en su vida! ¡Cuánto tiempo ha ganado ahora para ella misma y para la casa!
Pero eso no es todo. El bidón de plástico tiene un número de virtudes ilimitado. Una de las más importantes radica en que sustituye a la persona en una cola. Había que hacerla (allí donde el agua se trae en cisternas) durante días enteros. Estar a la intemperie bajo el sol del trópico es una tortura. Antes no se podía dejar la vasija e irse a la sombra, porque la podían robar, y era demasiado cara. Ahora, en cambio, en lugar de personas, se forman colas de bidones de plástico, mientras sus dueños se refugian del sol o se van al mercado o a hacer alguna visita. Al viajar por África, se ven muchas de esas kilométricas y multicolores filas de bidones esperando a que aparezca el agua"

sábado, 13 de octubre de 2012

Las suaves colinas de Kampala. El texto completo revisado

"La lluvia ecuatorial caía con energía sobre la tierra rojiza y el asfalto de las calles de Kampala en medio del gran atasco diario. La gente que caminaba iba empapándose, aparentemente sin importancia, mientras que los improvisados ríos de agua y fango inundaban los caminos y arrastraban la basura provocando unas grandes balsas. Tras un caluroso y húmedo día, el cielo tormentoso descargó su agua acumulada. Twebaze Denis no tenía dinero para coger ningún transporte, ni para un taxi colectivo ni para un desaconsejable boda-boda (moto taxi) en una tarde que prometía lluviosa...."
 "El paso de la vida a la muerte nadie lo conoce. Los vivos podemos imaginar lo que ocurre inmediatamente antes: el miedo, la angustia, el dolor, algo que se convierte en insoportable y finaliza bruscamente perdiendo la conciencia de ello. La no existencia, la no percepción de sensación alguna, positiva o negativa es la muerte...."

Pincha en la foto para acceder al texto y descargar el pdf


domingo, 26 de agosto de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXXIV) Desenlace

Lago en la región de Kasenda
Foto original de Vicente Baos
Comenzaba a amanecer cuando el todoterreno se desvió del camino principal para acceder a uno de los lagos más grandes de la región. Por un pequeño sendero, dejando de lado un hotel de lujo con pequeñas cabañas que se situaba en lo alto de la colina, accedieron a una playa despejada por la mano del hombre en el borde selvático. Mudos por la cinta aislante, los ojos de Twebaze y Nabulungi expresaban todo el horror del que está convencido que va a morir. Tagan y Mbazazi descendieron del vehículo y observaron los alrededores. No parecía haber nadie cerca.
El Sol asciende muy rápidamente en el Ecuador y la instauración de la luz completa se hace en pocos minutos, lo que provocaría que todos los habitantes de la zona y los trabajadores del cercano hotel se pusieran en marcha en poco tiempo. Tenían que darse prisa si querían pasar desapercibidos.
Soltaron la cadena que fijaba a los muchachos al vehículo, llevándoles al borde del agua. Tagan estaba frente a Twebaze.
-Nos has jodido bastante bien, chaval. Por tu culpa estamos aquí ahora, pensando en cómo quitarte de en medio. Tenías que haber estado quieto, hacer tu trabajo, cobrar por ello y vivir tu vida. Pero, no, tenías que meterte a "salvador". Pero ¿qué te has creído? ¿que ibas a salirte con la tuya? -Me has cabreado bastante.
Tagan cogió por el cuello a Twebaze y apretó con sus grandes manos al enflaquecido muchacho. Con la boca tapada por la cinta aislante y los brazos y piernas inmovilizados, Twebaze hizo poca resistencia y apenas se movió mientras la falta de aire acabó con su vida en pocos segundos. Aún así, Tagan siguió apretando su cuello más de dos minutos, dejándole caer al suelo desmadejado y muerto. Nabulungi respiraba rápidamente a través de su nariz y balanceaba su cuerpo ansiosamente sujeta por un brazo por Mbazazi. Tagan se dirigió hacia ella.
-Y contigo ¿qué hacemos? pequeña Nabulungi -le dijo acercando su gran cara a la de ella. Le quitó la cinta aislante de la boca al mismo tiempo que hacía el gesto de silencio con el dedo índice.
-Chsst, más te vale. Díme, ¿qué castigo te mereces? ¿quieres vivir o no? ¿quieres irte con tu amigo?
La atemorizada Nabulungi no contestaba nada y evitaba la mirada directa de Tagan.
-Bueno, lo decidiremos dentro de un rato, antes tenemos que ocuparnos de éste -dijo señalando el cuerpo de Twebaze. Sacaron plástico del todoterreno y envolvieron el cuerpo del muchacho. Introdujeron en el envoltorio varias piezas metálicas que rodearon con cinta aislante. Mbazazi se desnudó y se introdujo en el agua, arrastrando el cuerpo. A pesar del peso, éste aún flotaba. Nadó durante varios metros tirando del paquete, abrió una pequeña navaja que había sujetado con la boca y perforó varios agujeros en el envoltorio para facilitar su hundimiento. Al regresar a la orilla, preguntó:
-Ahora ¿qué?
Tagan se volvió hacia Nabulungi y le dijo:
-Eres más valiosa viva que muerta. Todavía puedes dar juego y negocio, por eso no vas a morir hoy, aunque te lo mereces. Me has dado más problemas que ningún otro chaval, chico o chica. Creo que con todo esto has aprendido que no hemos venido a jugar y que te tienes que merecer lo que tienes cada día. Sé que es duro, pero si lo aprendes podrás vivir y no mal ¿entiendes?
Nabulungi estaba tan aterrorizada que solo podía mover la cabeza afirmativamente sin articular palabra en su agitada respiración.
-Pero aún así -y debes darme las gracias por ello- tienes que pagar un precio y va a ser tu virginidad. Mbazazi rompió con la navaja las ataduras de las manos y pies y condujo a Nabulungi a los asientos posteriores del vehículo. Le quitó la ropa, despacio, sin brusquedad. Nabulungi era incapaz de hacer ningún movimiento y parecía estar a punto de desmayarse. Tagan se echó encima de ella y la penetró sin esperas. Nabulungi no emitió el menor gemido, estaba en un estado de semiinconsciencia. Al finalizar, Mbazazi ocupó su lugar. Con un trapo sucio limpiaron los genitales de Nabulungi de sangre y semen.
-Bien, ahora quietecita todo el viaje hasta Kampala -dijo Tagan mientras arrancaba el todoterreno y enfilaba el camino de salida.
Según se incorporaban a los caminos principales, la normalidad fluía alrededor. Los niños, las mujeres, los hombres camino de las plantaciones, todo parecía tranquilo y cotidiano. Con la mirada perdida, Nabulungi se sentía incapaz de pensar. Pararon en una gasolinera para comprar alimentos. Nabulungi no pudo tomar nada y a los pocos minutos cayó dormida en el asiento posterior. Tagan y Mbazazi charlaban satisfechos.
Antes de llegar a Kampala, Nabulungi se despertó. En ese momento, la carretera estaba bastante despejada y avanzaban a buena velocidad. Tras coronar una de las colinas de la ciudad, el descenso se hizo más pronunciado. Justo al tomar un cerrada curva, Nabulungi se abalanzó sobre el volante que sujetaba Tagan y lo giró bruscamente.
El paso de la vida a la muerte nadie lo conoce. Los vivos podemos imaginar lo que ocurre inmediatamente antes: el miedo, la angustia, el dolor, algo que se convierte en insoportable y finaliza bruscamente perdiendo la conciencia de ello. La no existencia, la no percepción de sensación alguna, positiva o negativa es la muerte. El sueño inducido por una anestesia, esos uno o dos segundos de percepción y abandono de las funciones cerebrales debe ser lo más parecido a la muerte. La muerte rápida o la muerte lenta inducida por un grave traumatismo no instantáneo, ambas finalizan igual. Es lo que ocurre antes lo que nos asusta.
Nabulungi murió instantáneamente. Salió despedida por el cristal anterior del vehículo y recibió un traumatismo craneoencefálico severo. No sufrió, solo sintió como volaba atravesando el cristal delantero. No pensó si lo que hacía era lo adecuado o no. Solo quiso hacerlo. Sin odio ni ira intensa. Se  había despertado y vio la oportunidad de destruir a sus captores y a sí misma.  Y lo hizo.
Tagan y Mbazazi también murieron. Lo hicieron con un cierto sentido de la justicia. Tagan se fracturó ambas piernas y fue perdiendo sangre lentamente dentro de su abdomen. Le dio tiempo a darse cuenta de que se moría, de que no iba a acudir ninguna atención sanitaria urgente que pudiera salvarle. El dolor fue muy intenso y duró lo suficiente para sentirlo con claridad. No tuvo sentimiento de rabia sino de incredulidad ante el hecho de morir por culpa de una muchacha que hubiera podido matar de un soplido.  Mbazazi se incrustó entre los cristales del frontal del vehículo. A través de múltiples cortes fue perdiendo sangre. Cuando hizo un primer intento de liberarse, el desgarro en su piel fue insoportable por lo que permaneció quieto, ensartado y sangrante. Al morir y relajar su cuerpo, el cristal penetró aún más casi seccionando su tronco.
Al vehículo fueron acercándose gente de los alrededores. Antes de que llegara la policía, cogieron los relojes, los cinturones, las carteras de los accidentados. Igualmente, hubo una pequeña pelea al encontrar un AK47 y una pistola por ver quién se la quedaba. Salieron corriendo inmediatamente después.
Sobre la ciudad, el intenso Sol inundaba de luz las suaves colinas de Kampala.

----------------- FIN -----------------

sábado, 25 de agosto de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXXIII) La captura

Niñas de aldea
Foto original de Vicente Baos
El Land Cruiser avanzó iluminando con potencia el irregular camino que entre colinas y lagos procedentes de antiguos volcanes llevaba hasta Kasenda. Por la noche, era necesario ir despacio para no despeñarse en alguna de las frecuentes pendientes que bordeaban la carretera. Sentado al lado de Mbabazi, Kigongo daba las instrucciones al conductor para elegir el desvío adecuado en las frecuentes bifurcaciones sin señalizar que aparecían en el recorrido. Cuando llegaron a las cercanías de la casa del tío de Kigongo, apagaron las luces y aparcaron en sentido contrario el vehículo.
-Ya hemos llegado. Espero que nos hayas traído bien hasta aquí. Si no es así, te va la vida en ello. Si todo transcurre como nosotros queremos, vivirás. ¿te ha quedado claro? -preguntó Tagan.
-Vas a ir a buscarles y nosotros esperaremos cerca. No queremos ningún ruido ni que se despierte toda la casa. No queremos hacer daño a nadie, pero si es necesario, lo haremos -le dijo mostrándole una pistola que guardaba entre la camisa y el pantalón. Mientras tanto, Mbazazi estaba sacando del maletero un AK47 de culata replegable.
-Haré lo que me digáis, aquí hay mucha gente, mujeres y niños. Por favor no hagáis daño a nadie.
-Tienes que traerles hasta la puerta. Veo que la casa está vallada, espero que no puedan salir corriendo por ningún lado. Vamos a entrar contigo y estaremos vigilando cerca. Depende de ti que nadie se entere -afirmó Tagan.
Kigongo se dirigió primero a la cabaña de los trabajadores para encontrarse con Twebaze, mientras Mbazazi y Tagan se escondían agazapados. Entró en la cabaña donde dormían unas quince personas y con una pequeña linterna encontró al agotado fugitivo.
-¡Despierta, soy Kigongo. No te asustes! -le dijo zarandeándole suavemente.
-¿Qué pasa? -respondió sobresaltado.
-Tenemos que salir de la granja cuanto antes. No es un sitio seguro. Cuando llegué a mi casa, vi un coche que no conocía en las cercanías de mi casa. Pregunté a los vecinos y me dijeron que sus ocupantes se habían interesado por mí. Enseguida me imaginé lo peor, que iban a por vosotros. Me ha entrado mucho miedo y he decidido venir. Tenéis que ir a otro lugar que no os relacione conmigo. Es peligroso para vosotros y para mi familia. Os dejaré en un cruce de carretera donde pasan autobuses para que os dirijáis a otro sitio, sin que nadie lo sepa y os puedan encontrar -mintió Kigongo con aplomo.
Cansado y adormecido, Twebaze creyó la explicación que su amigo le había dado. Vestido con la ropa prestada que le habían dejado en la granja para trabajar, metió la suya en una bolsa de plástico como único equipaje y salieron a buscar a Nabulungi en silencio. El cuarto de las sirvientas estaba dentro de la casa principal y no era tan fácil de acceder. Tagan y su acompañante vieron desde lejos la salida de Twebaze y Kigongo y esbozaron una sonrisa de satisfacción.
La ventana de la habitación donde dormía Nabulungi estaba semicerrada y cubierta por una red mosquitera. Era muy estrecha y apenas se podía distinguir su interior con la luz de la Luna de esa noche. Enfocó la linterna hacia las camas, lo que provocó que la chica que dormía más cerca se despertara.
-¿Quién eres? -preguntó, nada sobresaltada sino más bien de forma rutinaria como si los amantes nocturnos se presentaran frecuentemente de esta forma en la habitación de las chicas más jóvenes. 
-Soy Twebaze, el marido de Nabulungi, la nueva, dile por favor que se acerque -dijo Kigongo suplantando a Twebaze.
-Explícale rápido la situación y dile que debe salir cuanto antes -dijo, cambiándole el sitio a Twebaze.
Nabulungi se acercó tambaleante a la ventana. Estaba profundamente dormida en ese momento.
-¿Qué pasa? pensaba que hoy íbamos a descansar.
-Tenemos que irnos, aquí corremos peligro. Kigongo ha venido a sacarnos. Están en Fort Portal y parece que ya han relacionado a Kigongo con nosotros. Debemos huir por nuestra cuenta. Cogeremos un autobús a cualquier otro lado sin conexión con nadie. Tiene que ser ahora.
Kigongo y Twebaze rodearon el edificio y esperaron a que saliera Nabulungi. Kigongo se estaba poniendo cada vez más nervioso imaginando lo que iba a ocurrir en los próximos minutos. Cuando estaban cerca de la puerta de salida, donde supuestamente estaba esperando la moto, Tagan y Mabazazi aparecieron en completo silencio por detrás y  agarraron a Nabulungi y Twebaze tapándoles la boca. Llevándoles en volandas, caminaron rápidamente hacia el vehículo con el portón trasero levantado. Con movimientos precisos y permitiendo pequeños gemidos como único sonido audible, fijaron con cinta aislante las bocas, las manos y los pies de los cautivos. La sorpresa, el agotamiento, el desmoronamiento de sus expectativas de huida habían provocado que su capacidad de reacción fuera mínima. Bien sujetos, Tagan pasó una cadena alrededor del cuello de los dos muchachos, fijándola a un enganche lateral con un candado. Quería tener un viaje tranquilo.
Kigongo, mientras tanto, había asistido estupefacto a la demostración de violencia y rapidez de Tagan y su compinche, permaneciendo parado, inmóvil. Al finalizar la sujeción de los prisioneros, Tagan se volvió hacia Kigongo.
-Has hecho bien tu trabajo y has salvado tu vida. De todo esto, no sabes nada. Tú has estado durmiendo toda la noche en tu casa de Fort Portal. Aquí no ha venido nadie. Ellos han huido en mitad de la noche. Nadie sabe dónde han podido huir. Prefirieron la seguridad de seguir huyendo a estar en esta granja. ¿Lo has entendido? -Cualquier otra explicación te costará la vida -finalizó dándose la vuelta e introduciéndose en el todoterreno.
Kigongo vio alejarse a poca velocidad el vehículo para hacer el menor ruido posible. Sus ojos se llenaron de lágrimas por haber salvado su vida y por haber condenado la de su amigo y esa pobre chica. A su mente volvieron imágenes de Twebaze y él cuando eran niños y compartían miedos e incertidumbres. Se sentía muy mal. Sin esperarlo, un recuerdo acudió a su cabeza. Un profesor, no especialmente cruel, les había dicho un día en su clase: "Vosotros estabais muertos antes de venir aquí. Habéis tenido mucha suerte. La mayoría de los chicos de vuestra condición ya están podridos o tirados en la calle. Por ello, vivir y seguir adelante es lo más importante para vosotros. Tenéis que aprender a ser duros y exigentes. Os va la vida en ello". Pensar en la propia vida y no meterse en líos, era una buena idea para consolarse.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXXII) Sin tregua

Aprovechando el plástico
Foto original de Vicente Baos
Las sirvientas de la casa no paraban de hacer preguntas a Nabulungi sobre su historia de amor. Rápidamente, los motivos de su huida habían transcendido por el entorno. Nabulungi no tenía la menor experiencia amorosa. Ningún hombre o muchacho de su edad se había acercado con otra intención diferente que la de abusar de ella. Tenía mucha experiencia en huir y evitar a los hombres, pero ninguna sobre recibir una palabra amorosa, aunque fuera falsa y solo el preludio de una violación. Twebaze había sido el primer hombre en el que había confiado. Siempre había actuado de forma solícita y ella estaba lo suficientemente desesperada como para verse obligada a seguir sus indicaciones. Ahora lo veía como un compañero que le ayudaba más de lo que ninguna persona, hombre o mujer, la habían ayudado ¿así se empezaba a querer a un hombre? Las respuestas que daba sobre su amor perseguido eran ambiguas y no satisfacían la curiosidad de las sirvientas. La dejaron pronto en paz.
Twebaze se incorporó a las tareas del campo. Era un chico curtido en la vida urbana pero nunca había usado una panga. Al poco tiempo, su mano empezó a sentir el efecto abrasador de la fricción del mango de madera. Tras cortar maíz más de una hora, su mano empezaba a despellejarse. Un curtido campesino que vio sus inexpertas habilidades le cubrió con cinta aislante toda la superficie de apoyo. "Te dolerá al quitártelo pero te evitará que se te abran heridas. Mañana póntelo antes de venir -le dijo pasándole la gruesa cinta gris.
Al final del día, tras la cena, Twebaze y Nabulungi pudieron encontrarse un rato.
-Tenemos que quedarnos aquí un tiempo para ver cuál puede ser nuestra próxima salida. Será duro, pero no podemos ir dando vueltas, sin dinero y sin apoyos -dijo Twebaze.
-No lo sé. Tengo la impresión de que nos encontrarán si nos quedamos aquí mucho tiempo.
-No hay otra opción por ahora. Quizá me podría enterar si hay alguna institución religiosa en las cercanías que nos pueda ayudar a salir del país. Hoy no podemos hacer más. Intenta descansar e iremos viendo los próximos días si se nos ocurre algo -concretó Twebaze.
Cuando la amenaza es tan cierta, el deseo de relajarse y acomodarse es una tarea imposible. 
Kigongo volvió a su casa a la hora habitual, cuando la oscuridad empezaba a ser densa en una ciudad mal iluminada. Entumecidos por la cantidad de horas que habían pasado en el vehículo, Tagan y Mbazazi se dirigieron a toda velocidad hacia el chico que abría el portón de la casa empujando el boda-boda. Si ésa era la casa y un chico con moto entraba, ése debía ser Kigongo. El primer empujón le tiró al suelo, mientras cerraban el portón para evitar testigos. La bofetada fue suave, Tagan quería ponerle en circunstancia, no noquearle a la primera.
-Tú eres Kigongo ¿verdad?
-Sí -respondió asustado y viendo claramente lo que estaba ocurriendo.
-Por tu cara creo que entiendes quiénes somos y qué hemos venido a buscar, ¿dónde están Nabulungi y Twebaze? - dímelo y te ahorrarás muchos problemas.
Kigongo había tenido también una infancia de orfanato y supervivencia. Nunca había sido un combatiente,  siempre había buscado la complicidad y la amistad para conseguir sus objetivos. El enfrentamiento no había sido nunca su arma. Caer bien era su estrategia.
-Bien, ¡no me hagáis daño! Os lo diré. Tenía que ayudarles. No tenía otra opción. Pero yo no he querido tener problemas -dijo en tono suplicante. Están en la finca de un familiar, trabajando, hemos ido esta mañana y allí se han quedado.
Tagan se sorprendió de lo fácil que había sido sacar la información. Este chico le parecía un gusano miserable, un cobarde sin compromiso, un amigo de mentira. Respetaba más a los huidos por su valor. Le dio a Kigongo un terrible puñetazo en la cara, frontal, directo, que fracturó su nariz y los incisivos superiores. Se quedó con las ganas de seguir golpeándolo, pero le quería espabilado para que les guiara hasta el escondite de sus presas.
-Lávate la cara y mantén los ojos bien abiertos. Nos vamos ahora mismo a buscar a tus "amigos" -le ordenó mientras le arrastraba al grifo de agua que estaba en el patio de la casa.

domingo, 19 de agosto de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXXI) El amor perseguido

En el camino
Foto original de Vicente Baos
Kigongo despertó a los agotados fugitivos antes del amanecer.
-Debemos irnos pronto. Yo tengo que volver para trabajar en la ciudad y Kasenda está a más de una hora de aquí. -¿Tienes algo de dinero para la gasolina? -preguntó.
Montaron los tres en el boda-boda y se dirigieron hacia los lagos de Kasenda. A través de un camino de tierra rojiza y ocre claro, rodeado de pequeñas cabañas y gente caminando por sus bordes, fueron avanzando. La vida en África comienza al amanecer, cada uno en su tarea: mujeres cargadas con pesados fardos, niños hacia su escuela, hombres armados de su panga en dirección a los cultivos de matoke o maíz. A primera hora de la mañana, la temperatura es muy agradable y recorrer los caminos a lomos del cómodo asiento de la moto era relajante.
Llegaron a la casa del terrateniente cuando el Sol ya era intenso y había que protegerse de sus efectos. Kigongo presentó a la pareja:
-Mis respetos kojja. Quería solicitar tu ayuda para mi amigo y su esposa. Por determinadas circunstancias han tenido que abandonar Kampala y me han pedido que les ayude a encontrar un lugar para vivir durante un tiempo. He pensado que te puede venir bien otro trabajador en tus campos.
El tío de Kigongo receló de las palabras de su sobrino y preguntó directamente a Twebaze y Nabulungi por qué habían tenido que salir de Kampala.
-La realidad es que el padre de Nabulungi era reacio a nuestro amor. Por eso le pegó una paliza, mire como tiene la cara -aseveró con seguridad Twebaze. Por eso hemos tenido que huir. Nuestra intención es casarnos en la Iglesia, pero los más importante fue huir y preservar nuestro amor lejos de su brutal padre.
Nabulungi miraba de reojo intentando disimular. Bajo la cabeza avergonzada y se limitó a moverla dando la razón a Twebaze.
-Bien...no me gusta recoger fugitivos de nada, aunque sea por el amor, pero veo a la chica muy afectada y esos golpes debieron doler... Está bien, podéis quedaros un tiempo, no más de un mes. Después seguiréis vuestro camino y ojalá encontréis la felicidad -dijo.
Les acompañó a los barracones que servían de alojamiento a los trabajadores. Allí se quedó Twebaze. Nabulungi fue llevada a la zona de sirvientas que preparaban la comida y lavaban la ropa de la numerosa familia del dueño.
Kigongo se despidió de ambos y dejó apuntado su teléfono móvil por si necesitaban algo. Satisfecho consigo mismo y a la vez aliviado, emprendió el camino de regreso a Fort Portal. 
Con la información del Padre Roger, Tagan y Mbazazi había conseguido poner a Kigongo el primero en la lista de los posibles ayudantes de la pareja huida. Con un Toyota Land Cruiser nuevo tardarían pocas horas en llegar a Fort Portal. Había que moverse con celeridad. Tagan estaba muy tenso y quería zanjar este asunto lo antes posible. Si la pista era mala, deberían comenzar de nuevo a investigar y los jefes podrían empezar a hacer preguntas. Tagan quería explicar hechos y no conjeturas, sabiendo que este incidente, aunque lo resolviera, tendría consecuencias negativas para él. Había perdido autoridad.
Preguntando en las calles, dieron con la casa de Kigongo mucho antes de lo que habían pensado. Refrigerados por el aire acondicionado del todoterreno y oyendo la música del Doctor Chameleone esperaron a que llegara.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXX) Refugio

Mercado
Foto original de Vicente Baos
Pasaron la mayor parte del caluroso día sentados y acurrucados en el lateral de la casa de Kigongo. Twebaze le había conocido a su llegada al orfanato de Kampala donde había sido entregado tras la matanza de su familia. Habían compartido durante años amistad, hasta que Kigongo recuperó a su madre que le había entregado en adopción. La mujer había vuelto a casarse y tener hijos y había convencido a su marido para recuperar al hijo entregado. A pesar de haber pasado 15 años, la relación familiar era buena y Kigongo había podido independizarse gracias al negocio del boda-boda.
Al atardecer, los amigos se encontraron en la puerta de la casa.
- Twebaze, ¡qué sorpresa! - dijo efusivamente abrazando con el hombro ladeado, al estilo ugandés,  a su amigo.
- Si, ¡qué alegría verte de nuevo! Necesito tu ayuda - dijo sin preámbulos. Tenemos un problema muy gordo y pensé en ti para que nos ayudes. Ésta es Nabulungi, mi amiga. Déjame que te cuente despacio toda la historia.
Pasaron al interior de la casa y se sirvieron té caliente con alguna galleta que Kigongo tenía guardada. Despacio, desarrollando la historia lentamente, explicando los detalles de cada episodio de una manera meticulosa, Twebaze completó el relato de las peripecias que Nabulungi y él habían sufrido en los últimos meses. Al finalizar, la cara de Kigongo expresaba algo más que preocupación.
- Y ¿qué puedo hacer por vosotros? Estáis en un verdadero peligro.
- Te pido que nos digas donde podríamos establecernos para pasar lo más desapercibidos posible y que podamos empezar una nueva vida. Cuando tengamos algo de dinero, intentaremos salir del país - aclaró.
Kigongo sopesó rápidamente los riesgos que dicha ayuda podían suponerle a él. De la vida en los orfanatos se aprende a tener solidaridad para la supervivencia, pero también un fuerte impulso egoísta. Debía ayudar a su amigo pero quitándose de en medio lo antes posible.
- Sí, creo saber de un buen sitio para esconderos. Un familiar de mi madre posee tierras de maíz y podría daros trabajo y cobijo. Haceros pasar por matrimonio. Él es cristiano evangélico y buen hombre, os dejará vivir en sus tierras. Al menos tendréis para comer y refugiaros. Es en la región de los lagos de Kasenda. Deberíamos irnos cuanto antes.
- ¿Ahora? Estamos agotados, déjanos descansar esta noche en tu casa - dijo Twebaze
- Bien, saldremos al amanecer - contestó Kigongo, valorando como prioritario alejarse de los problemas de su amigo.
 Tagan estaba uniendo hilos rápidamente. Sabía que encontrar alguna pista en la vida de Twebaze era la clave para encontrar a los fugitivos. La vigilancia de las estaciones de autobuses no había dado fruto y el sondeo de las relaciones del muchacho iban despacio. La gente anónima y pobre deja poca huella a su alrededor. Mbazazi había sondeado ampliamente la vida de Twebaze. La persona que le recomendó para la captación de boxeadores le había contado las circunstancias de su vida. La tragedia de su familia, de Kissa, de su estancia en el orfanato cristiano de Kampala. Mbazazi mandó a una de sus amantes a indagar al orfanato contando la historia de un embarazo del que Twebaze había huido. La chica, compungida y suplicante, había pedido ayuda para encontrarle y que respondiera ante Dios de su hijo y no la abandonase al infortunio. El inocente Padre Roger, un británico que llevaba poco tiempo en Uganda, había buscado en su ficha los datos de su vida e indicado los amigos de aquella época. La muchacha apuntó nombres y orígenes. Sería una información muy útil.

domingo, 22 de julio de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXVIII) Libres

Mujeres a la puerta de su casa en Kampala
Foto original de Vicente Baos
Amanecía un día radiante cuando Tagan, cansado y algo ebrio todavía, entró en el cobertizo donde supuestamente Nabulungi estaba descansando. Había mandado a varios de sus hombres a recoger a todos los miembros de la casa de Nakasero Hill para retornar a la misma. Con el bullicio de la fiesta todo el mundo estaba disperso, la mayoría dormidos entre los árboles de los jardines de la casa.
- Nabulungi, despierta, es hora de volver - dijo con tono amable al abrir la puerta.
Según penetraba en la estancia se dio cuenta de que la chica no estaba. Se extrañó, pero no pensó en la huida como una posibilidad, más bien que estaría aseándose o algo similar. Salió fuera y recorrió las cercanías acercándose al grupo que se iba juntando para volver a la casa, incluido un humillado Akello cabizbajo y asustado que evitó cruzar su mirada con la de Tagan cuando éste pasó a su lado.
- ¿Está todo el mundo? ¿Habéis visto a Nabulungi? - preguntó al grupo.
- No he visto a Nabulungi ni a Twebaze, el resto estamos todos - contestó uno de los conductores.
Al unir los dos nombres, Tagan sintió un revulsivo en su interior que hizo desaparecer totalmente los restos de alcohol y cansancio que quedaban en su cuerpo.
- ¿No habéis visto a ninguno de los dos? Dad otra vuelta y mirad bien, moved a los que estén dormidos y comprobad que no son ellos - ordenó Tagan con su poderosa voz.
La inquietud se apoderó de él y, al mismo tiempo, el convencimiento de que habían escapado. ¿Cómo se habían atrevido a desplantarle a él y a su grupo? Entre la ira y cierta tristeza por saber lo que tenía que hacer cuando los encontrase, Tagan comenzó a moverse entre los conductores para que abriesen todos los coches y comprobar que no estaban escondidos en ningún lugar. Inspeccionaron las estancias de los jardines y recorrieron el perímetro de la casa para ver si había algún agujero en las alambradas. Convencido de que podían estar todavía escondidos en la finca, revolvió todos los espacios, excepto las habitaciones de la mansión donde era muy improbable que hubieran podido acceder.

Tras más de dos horas de incómodo viaje, con múltiples paradas en los domicilios de las damas, Nabulungi y Twebaze notaron que la furgoneta se paraba y apagaba los motores en el patio interior de una pequeña casa. Su conductor bajó, oyéndose cerrar posteriormente la puerta de la vivienda. Con mucho cuidado, tras cinco minutos de espera, Twebaze abrió suavemente el portón trasero del vehículo. Muy dolorida por la posición y la enorme fatiga de su cuerpo, Nabulungi no pudo evitar exclamar pequeños gemidos de dolor al salir del vehículo y esconderse en el lateral opuesto que quedaba fuera de la vista de la vivienda. La puerta de salida principal estaba cerrada con un candado y los muros rematados por alambre de espino curvo, como casi todas las casas de Kampala. Si la puerta tenía el candado cerrado iba a ser muy difícil salir de allí. Twebaze se acercó descalzo para no hacer ningún ruido. Sí, la puerta estaba bien cerrada. Volvió junto a Nabulungi para decirle que tendrían que esperar a que alguien de la casa saliese para aprovechar y huir.
- Me duele todo, no puedo más, nos van a coger y Tagan nos matará - gimoteó tristemente Nabulungi.
- No pienses así, estamos libres y seguiremos huyendo. En Uganda vive mucha gente, no nos van a encontrar. Escucha: cuando alguien abra la puerta para ir a comprar patakis (tortas de maíz) para el desayuno, le daremos un empujón y saldremos corriendo hacia donde sea hasta ver una calle principal. Nos mezclaremos con la gente y nos perderemos para siempre.
Al amanecer, la vida vuelve a activarse en Uganda, se oyen los vehículos moverse, las motos rugir, los niños prepararándose para ir a la escuela. Un chica joven, acompañada de su madre, apareció en la puerta de la casa. Nabulungi y Twebaze estaban escondidos entre el vehículo y la salida, cerca de la puerta principal y fuera de la vista desde la casa. Justo cuando la madre e hija iban a salir, tras abrir el portón con su candado, los dos huidos aparecieron en tromba. Pidiendo perdón, empujaron a las dos mujeres y salieron corriendo calle abajo por el camino de tierra horadado de profundas grietas producidas por la lluvia. Estupefactas, madre e hija, siguieron con la vista la huida de esos dos jóvenes menudos. Cuando reaccionaron, volvieron a entrar a la casa para comprobar que no les habían robado nada.
Sacando fuerzas que apenas tenían, los fugados dejaron de correr al ver que nadie les perseguía. Aunque su aspecto era lamentable, entre la pobreza general, nadie iba a darse mucha cuenta.

domingo, 15 de julio de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXVII) La huida

Cometas
Foto original de Vicente Baos
La fiesta tras la victoria de Nabulungi se estaba prolongando toda la noche. Hubo varios combates más, anodinos, sin la tensión y la sorpresa que había provocado la pequeña muchacha que había vencido al adolescente gigantón. Refugiada en el cobertizo que había servido de vestuario, reposando, aturdida y dolorida por los golpes, Nabulungi se había quedado sola. Todos estaban celebrando con abundante waragi y cerveza Nile Special el final de los combates. Música, alcohol, compañía femenina y toda la noche por delante.
Twebaze merodeaba, mirando desde lejos la zona donde se regocijaban los poderosos. Seguía pensando cómo salir de allí sin ser descubiertos. El recinto estaba alambrado y la puerta principal vigilada por un hombre armado. Solo podrían salir escondidos en algún coche cuando empezaran a irse los invitados. Aprovechando la poca luz que rodeaba el cobertizo, entró en él y se encontró a Nabulungi dormida, acurrucada como un animalillo herido en un camastro. Su cara estaba cubierta de un paño mojado con agua manchado de sudor y sangre que le goteaba por el cuello. Con la boca semiabierta, respiraba ruidosamente. Nada parecía capaz de hacerla despertar en ese momento. 
- Nabulungi, no te asustes, soy Twebaze, no digas nada y escucha.
Sobresaltada, le costaba abrir el ojo que no tenía edematoso.
- ¿Qué...? ¿quién eres?
- Soy Twebaze. Escúchame. Tenemos que irnos ahora, cuando todo el mundo está contento y distraído. Es nuestra oportunidad. Salir de la casa de Nakasero Hill  será imposible, siempre hay alguien que nos vigila. Aprovechando la oscuridad y la cantidad de gente, vamos a irnos. Lejos de toda esta gente. Nunca te soltarán hasta que te maten, de una manera o de otra, Nabulungi, créeme. 
- Pero....ahora no puedo hacer nada, estoy agotada, no me tengo de pie, me duele todo, estoy muy dormida...déjame dormir.
- Voy a lavarte bien la cara. Tenemos que intentarlo, ahora o nunca - dijo mientras buscaba una toalla para limpiar la deformada cara de la chica.
A rastras, obnubilada pero obediente, Nabulungi fue llevada  por los hombros hacia la puerta del cobertizo. Justo en ese momento, la puerta de la entrada comenzó a abrirse. Fue un segundo de tiempo lo que tuvo para girarse y ocultar los dos cuerpos tras un mueble. La poca luz hizo el resto. Tagan solo abrió parcialmente la puerta. Miró hacia el interior donde apenas se podían distinguir los objetos y quedó conforme. Imaginó a Nabulungi dormida, agotada y volvió satisfecho a la fiesta. El entrenador se había embolsado una buena cantidad de dinero. Había apostado la misma cantidad de dinero a cada uno de los boxeadores, sin embargo, la victoria final de Nabulungi se había pagado generosamente. A pesar de ello, había tenido que renunciar a una parte para mantener intactas las ganancias de los organizadores. Se merecía un festín de Nile Special con alguna de las prostitutas que había traído Mama Ji, se dijo así mismo. 
Menos mal que habían sido pocos segundos el tiempo en el que Tagan abrió la puerta y miró, si no, el ruido de la respiración de Nabulungi y su propio jadeo nervioso les habría delatado. Siguió avanzando hasta la puerta que entreabrió sigilosamente. Solo se veía el resplandor, el ruido de la música y de la fiesta. Los que no participaban en ella, bebían bolsas de plástico de waragi en la zona que separaba a los ilustres de los sirvientes. Un muro transparente pero infranqueable protegido por una par de hombres con AK-47 en la mano.
Entre las sombras, Twebaze cargando con Nabulungi, se fue acercando al aparcamiento de coches. Todos los conductores habían dejado sus vehículos allí sin otra vigilancia. Deberían meterse en algún maletero de un coche que no fuera directamente de algún potentado. Entrarían en otra casa protegida de la que no sería fácil salir. Vieron un furgoneta del mismo modelo de los taxis de Kampala pero nueva y limpia. Debería haber sido alquilada para transportar algún grupo. Su conductor volvería después a su casa o a algún garaje normal. Desde ahí podrían huir fácilmente. 
Twebaze recostó a la chica y abrió la puerta, corrió los asientos posteriores para ver el sitio disponible. El portón trasero estaba abierto. Había suficiente sitio para los dos, apretados y arrinconados por la caja de material que ocupaba un tercio del espacio. 
- Vamos aquí, Nabulungi. Esperaremos dentro. No podemos arriesgarnos.
Semidormida, la chica se dejó arrastrar y acomodarse en su interior. Twebaze tuvo la precaución de no cerrar completamente el portón aunque lo pareciera desde fuera. Solo les quedaba pensar que este vehículo se fuera pronto, antes de que Tagan pensara en recoger a todos sus acompañantes y volver a la casa de Nakasero.
Después de dos horas en la misma posición, muy entumecida, Nabulungi estaba despierta y asustada.
- ¿Está seguro de que hacemos bien? Si nos pillan, Tagan nos mata aquí mismo - dijo temblorosa
- Hay que arriesgarse. Escucha, se oyen voces hacia aquí.
Un animado grupo de señoras se dirigía al vehículo. Eran esposas de algunos potentados que eran devueltas a sus casas, mientras que los maridos preferían seguir "hablando de negocios". Acompañados de un conductor y de un guardaespaldas se introdujeron en el coche hablando animosamente. No parecía importarles demasiado esta retirada.
Intentando controlar el latido de sus corazones, los dos prófugos suspiraron aliviados al ver moverse el vehículo y pasar la puerta de salida de la casa. Con los traqueteos normales de las carreteras de Uganda, doloridos por los botes, pensaron a la vez que habían tenido mucha, mucha suerte. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXV) Aguanta y vives

Niña en poblado
Foto original de Vicente Baos
Dos ganchos y un directo sin demasiada mala intención hicieron ver a Nabulungi que la pelea iba en serio y debía reaccionar rápidamente. Moviendo las piernas con agilidad, fue esquivando los golpes desordenados de Akello. Tímidamente, colocó en el abdomen de él varios golpes bien dirigidos. Llegar a su cara era difícil, la corpulencia y una cerrada defensa lo dificultaba. El primer asalto pasó rápidamente con estas escaramuzas. El público reaccionó con interés al ver que la diferencia no era tanta como había parecido a priori. Las apuestas se incrementaron, dando una parte del público, un voto de confianza a Nabulungi. Desde la esquina, Tagan actuaba como entrenador de Nabulungi y miraba seriamente el desarrollo de la pelea. En el descanso le dijo:
- Me ha gustado como has empezado, cánsale y te será más fácil darle los golpes.
La campana sonó y el segundo asalto comenzó bruscamente. Akello arremetió contra Nabulungi como una apisonadora. Olvidando su defensa, comenzó a dar golpes rápidamente y de forma desordenada en la cabeza de Nabulungi que cerró su defensa con ambos brazos aguantando el chaparrón. Akello estaba tan cegado que solo intentaba golpear la cara. En un momento de respiro, Nabulungi pudo liberar su brazo derecho y golpeó un directo intenso y certero en el estómago de Akello. Éste acusó el impacto y tuvo que proteger instintivamente su abdomen. Nabulungi aprovechó para dar dos pasos atrás y recuperar el resuello. 
Twebaze daba vueltas alrededor del ring en el exterior de la zona reservada al público. El jardín donde se había montado el espectáculo era menos agobiante que los espacios cerrados de otras ocasiones. Seguía pensando como sería posible escapar de allí. Además de tener que salir del portón o atravesar las vallas que rodeaban el perímetro, había que saber donde dirigirse una vez fuera. No había ningún pueblo cercano y Kampala estaba a una hora de viaje en automóvil. En su fuero interno, aunque veía que Nabulungi estaba defendiéndose bien, sabía que su posición y la de ella era muy frágil y peligrosa. Era consciente de donde se habían metido. Usaban a los jóvenes para su diversión como meros objetos desechables, importando muy poco su destino. Era la cruel realidad. Sentía vergüenza del momento en el que apareció en el black hole y le entregaron a los candidatos para ir a la casa de Nakasero Hill. 
La pelea siguió y ambos combatientes alternaban momentos de mayor dominio. Ciertamente, sorprendía la capacidad de Nabulungi para soportar las acometidas, cada vez más desordenadas y salvajes de Akello. Sangrando por el labio, con un ojo edematoso, jadeando, Nabulingi seguía defendiéndose y atacando. El segundo asalto finalizó.
La campana sonó y las apuestas se cerraron. El tercer asalto sería definitivo. O había un K.O. o los jueces decidirían quién era el mejor. El favor del público estaba dividido en dos mitades, algo bueno para el negocio. Akello decidió que la brutalidad era su mejor arma y debía aplastar a Nabulungi.

domingo, 13 de mayo de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXIV) Diez a uno

Caminos de Uganda
Foto original de Vicente Baos

Las peleas comenzaron dos horas después de su llegada. Cansados de calentar, los boxeadores pululaban por los alrededores del ring y del jardín. Aunque no podían acceder a la casa, observaron la llegada de los invitados en sus todoterrenos lustrosos como si las carreteras de Uganda fueran impolutas autopistas de Alemania. Nabulungi buscaba con la mirada a Twebaze pero éste estaba ocupado arrastrando madera para mantener las fogatas que delimitaban el área del ring. No podía evitar pensar en el tipo de sorpresa que Tagan había preparado para ella. ¿Habría alguna boxeadora mejor preparada que ella procedente de otro gimnasio? Había oído hablar de una gigante keniana que tenía gran fama en el vecino país. Pero ¿eso era una sorpresa o una sentencia de derrota y muerte? El nerviosismo se estaba apoderando de ella mientras pasaba el tiempo. Ni siquiera habían empezado las peleas de los mayores. Había cenado antes de salir pero un enorme agujero de vacío hambriento se abría en su cuerpo. Las gradas se fueron llenando de un público similar o el mismo que en la otra ocasión. Orondos dirigentes o empresarios ugandeses black, brown o white junto a un numeroso grupo de chinos, todos ellos con arregladas acompañantes y su corte de guardaespaldas. Las peleas se anunciaron tras cesar la música de reggae africano que no había parado de sonar desde que la luz volvió a la casa. 
Cuando se anunció la primera, los guardaespaldas corrieron hacia la caseta donde se habían instalado la oficina de apuestas. Previamente, se habían hecho apuestas por el número de orden, sin saber quien la protagonizaría. Nabulungi, sabía que su pelea era la octava. Los más jóvenes siempre iban los últimos, incluido los dos chavales de 8 años que habían llegado hacia poco a la casa para hacer su primera pelea “a sangre”. 
Los primeros combatientes habían sido dos compañeros de la casa, habían llegado juntos y tenían una buena relación, algo que el presentador se había encargado de remarcar: “Van a combatir dos buenos amigos que nunca se han atrevido a pegarse fuerte” había dicho entre las risas de los asistentes. “Estamos deseando ver quién es más fuerte, quién tiene más ganas de ganar, aunque sea a costa de hacer daño a su amigo” dijo con tono equivoco. La pelea comenzó suave, pero bastó unas palabras de Tagan a ambos para que la intensidad de la pelea subiera de nivel y el que era más menudo acabara machacado e inconsciente en el centro del ring en el tercer asalto. La gente había apostado masivamente por el ganador y estaba contenta, bebiendo y hablando en el descanso. Las peleas se sucedieron, alternativamente una de ellas era competitiva entre los boxeadores y la otra desproporcionada. En éstas, uno de los combatientes era tan superior al otro que parecía más una paliza de barrio que un combate. Llegó el turno de Nabulungi y la sorpresa esperada. Según el presentador, el azar había decidido que el contrincante fuera Akello, el adolescente brutal que Tagan había incorporado a su cuadrilla. Un temblor recorrió el cuerpo de Nabulungi. No estaba preparada para un combate mixto de verdad. En la casa habían sido escaramuzas de entrenamiento, nunca había combatido de verdad con un chico, y menos con alguien tan fuerte como Akello. Buscó la mirada de Tagan y éste se la devolvió fríamente como diciendo: ya sabes lo que tienes que hacer. El público miró desconcertado a la pareja que se subía al centro del ring. Alguno incluso gritó si aquello era una broma. El presentador  tenía preparado el discurso de introducción a esta pelea.
- Cálmense, señoras y señores. Aquí ven ustedes a los futuros campeones mundiales – enfatizó, de boxeo de toda África. Una chica y un chico, muy jóvenes, pero aún así, las grandes promesas del boxeo ugandés. Akello se llama el chaval. Fuerte como una roca, aguerrido como un cazador, con mentalidad ganadora, nunca deja una presa libre hasta que acaba con ella. Nabulungi es el nombre de ella, no lo olviden. La mejor luchadora del black hole, ningún hombre pudo atraparla y muchos lo intentaron. Corre como un leopardo, se escurre como la serpiente y cuando ataca, sabe tocar los puntos débiles de sus enemigos. Además tiene una gran motivación. Ha prometido a Tagan, su entrenador, que en esta pelea va a dar todo lo que ella es capaz de hacer y de sufrir, porque si no, ustedes se pueden imaginar, su destino podría ser los jardínes de los hoteles de Kampala.
Un murmullo recorrió el área del público y acto seguido, se empezaron a mover para realizar sus apuestas.

domingo, 6 de mayo de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXIII) Todo o nada

Juego
Foto original de Vicente Baos
La furgoneta estaba lista para salir del patio de la casa. Cada boxeador estaba sentado esperando a que llegara Tagan para dirigirse hacia el lugar del combate. Las bolsas de deporte estaban amontonadas en la parte trasera y Twebaze, su porteador, se había colocado encima de ellas como había podido. Todos iban en silencio, salvo Akello que canturreaba las canciones que escuchaba desde su teléfono móvil. Nabulungi sentía con desagrado el contacto de la pierna de Akello con la suya en los apretados asientos de la "van".
- Vámonos ya - dijo Tagan al conductor, hoy vamos más lejos de lo habitual.
Anochecía en las calles de Kampala y el tráfico volvía a ser la pesadilla de una ciudad sin autobuses u otro tipo de transporte público masivo. La razón era muy simple. Si un conductor con un autobús puede transportar 50 personas, ¿de qué iban a comer los miles de conductores y cobradores de los taxi-van que inundaban la ciudad? Dar microempleos a miles y miles de personas en África no pasa por la eficiencia sino por el reparto.
Tras casi una hora de viaje, llegaron a una gran finca a varios kilómetros del centro de la ciudad justo cuando las luces de la casa se apagaron bruscamente. Entre la oscuridad, rota únicamente por los faros de la furgoneta y las linternas de los guardias, pudieron distinguir el círculo de amplias fogatas que delimitaban en el centro el ring dedicado a las peleas. En diversos escenarios elevados, veían moverse sombras que acarreaban sillas, cajas de bebidas y numerosos utensilios de hostelería. Súbitamente volvió la luz, divisándose una amplia y lujosa casa y numerosas pequeñas farolas que delimitaban los caminos del jardín, llenos de grandiosos árboles como el bubinga y el dabema. Una música estridente e inesperada sobrecogió a todos los ocupantes del vehículo. Aparcaron a unos 100 metros del ring, en unos almacenes de comida donde debían montar el vestuario. Tagan les indicó que se fueran preparando y calentando detrás del almacén y se dirigió hacia la casa principal. 
Twebaze buscó a Nabulungi en la penumbra y discretamente se acercó a ella.
- Nabulungi, estoy un poco asustado. No he podido hablar contigo antes. El otro día escuché de refilón la conversación de Tagan con alguno de los organizadores mientras estabais entrenando - susurró casi al oído de ella. Hablaba de ti, que te creía más fuerte de lo que habías sido en la otra pelea y que te preparaba una sorpresa. Si no la superabas, te entregaría a Mama-Ji o te tiraba al arroyo.
- ¿De verdad? ¿cómo ha podido decir eso? Yo me he esforzado y estaba segura de que Tagan me quería ayudar.
- Aquí no puedes fiarte de nadie, de nadie. Yo no sabía dónde me metía cuando me ofrecieron captar boxeadores. Ahora lo sé. Para ellos somos menos que animales. Solo les interesa ganar dinero a nuestra costa. Deberíamos irnos. Tú me recuerdas a mi hermana secuestrada y no puedo abandonarte - afirmó Twebaze, casi implorante.
- Pero ¿cómo vamos a salir de aquí? Ahora tengo que combatir, no me queda más remedio.
- Por favor, Nabulungi, gana como sea. Después pensaremos en la huida - dijo Twebaze.

martes, 1 de mayo de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXII) Sin espacio para el dolor

Mujer y corderos
Foto original de Vicente Baos
Todos en el gimnasio estaban hablando de la velada que iba a celebrarse el siguiente sábado. Habían pasado 3 semanas desde la última y Nabulungi se había recuperado bien bajo la atenta vigilancia de Tagan. Seguía entrenándose duramente y sus brazos se habían fortalecido,  las piernas estaban tensas y firmes y los abdominales reforzaban su silueta atlética. Su  gesto también se había endurecido. 
En una esquina, Tagan llevaba hablando más de 40 minutos por teléfono. A veces subía la voz, manteniendo un tono contenido, para a continuación contraer sus músculos faciales denotando enfado. Nabulungi, que le miraba de reojo, se dio cuenta que al colgar dirigió su mirada hacia ella. Tras la conversación que tuvo con él  después de la primera velada, esa mirada le provocó un estremecimiento.
Twebaze seguia en su papel de criado de la casa. No había tenido oportunidad en ningún momento de hablar con Nabulungi. Incluso ella, había esquivado su mirada al pasar cerca de él. O quizás, más que esquivar, había bajado la vista a su paso. Twebaze pensaba que ella tenía más miedo que él.
Un día antes de la velada del sábado, Tagan reunió a todos los boxeadores:
- Quiero anunciaros cómo van a ser las peleas de mañana. Nadie sabe contra quién va a pelear. Los organizadores quieren cambiar el sistema de peleas y de apuestas; y ya sabéis que son ellos los que mandan. Nosotros a callarnos y a cumplir. Todos contra todos va a ser la norma. Se harán apuestas a ciegas por el número de pelea y otras cuando ya se sepan los combatientes. Solo se respetarán las edades. 
Todos los boxeadores presentes asintieron, pensando que no les afectaba especialmente ese cambio.
- Quiero también avisaros que en este negocio todo es muy variable. Que quién no cumpla bien se largará de aquí y volverá a la mierda de donde salió. Queda claro - enfatizó con su vozarrón.
Nabulungi paseó su mirada entre los presentes. En la casa había 4 chicos de su edad, uno de ellos Akello. En la primera velada había visto a 3 chicas boxeadoras, una de ellas la que le hizo KO. ¿Con quién pelearía? Por lo menos eran 4 chicas y podría combatir entre ellas.
La época de lluvias estaba siendo especialmente intensa en Kampala ese año. A través de la ventana, Nabulungi miraba como la lluvia provocaba los ríos de barro que inundaban todos los caminos. Imaginaba su antigua casa con su madre preparando matooke y chapati. Ella, agazapada en el quicio, con sus piernas encogidas y resguardadas debajo de su vestido, oliendo la comida. Los viandantes, que corrían entre el barro para guarecerse de la lluvia, portaban su pequeña bolsa de plástico con la cena que habían comprado. El olor al humo de la combustión de los grandes camiones que transportaban gasóleo desde Kenia venía también a su recuerdo. Fue su vida. Ahora, nada de aquello quedaba. Solo sus propias fuerzas. Apenas unas lágrimas contenidas aparecieron en sus grandes ojos. 

domingo, 4 de marzo de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XXI) ¿Hasta cuando seré una buena boxeadora?

Conductor de boda-boda.
Foto original de Vicente Baos
El ambiente había cambiado en la casa. El miedo se había instalado en los ánimos de Twebaze y Nabulungi. El primero se había convertido en un sirviente a tiempo completo para todo tipo de tareas. Ya no salía de la casa. Debía estar disponible para los deseos de Tagan las 24 horas del día. Su mirada era suficiente razón para no contradecir ninguna de sus órdenes. Nabulungi iba a los entrenamientos sin la seguridad y el entusiasmo que antes desplegaba. Procuraba golpear más duro, pero algo en su interior se había roto. El convencimiento de que se podía superar y ser la mejor había desaparecido. Había bastado con recibir los fuertes golpes del boxeo real para sacar a relucir la fragilidad de su cuerpo, para desarmar la ilusión basada en un deseo infantil. Se daba cuenta de que Tagan estaba percibiendo su menor entusiasmo, provocando que el temor que ahora sentía por él se incrementara. Era el miedo al padre-padrone, al que cuida y castiga, al que premia y puede llegar a matar si es su deseo. El dueño total de la vida de una niña sola en un fondo de reptiles. Nabulungi ya no veía la casa como un lugar de protección y esperanza. Solo veía la prisión que era en realidad, con las chicas prostituidas, los jóvenes boxeadores como perros de presa en una jaula y a unos adultos crueles y asesinos. En esos momentos, se acordaba del móvil de Wemusa en manos de Tagan el día en el que no se volvió a verle nunca más.
- Nabulungi, estás distraída. ¡Mira a los ojos y a las manos del contrario y golpea! ¡Vamos! - gritó Tagan.
- Si, adelante y atrás - contestó.
- Nos quedan 2 semanas para mejorar. Ya sabes lo que te juegas. Quiero que tengas las piernas y los brazos tensos, que te duelan cuando acabe el día - le dijo de forma distraída mientras se dirigía a la otra esquina del gimnasio donde estaban entrenando los otros chicos.
Akello era un chico nuevo. Tenía 14 años pero estaba muy desarrollado. Era muy fuerte y peleaba con destreza y crueldad. Cuando comenzaba a pegar, no paraba y ya le habían tenido que separar en un par de ocasiones. Era el niño mimado de Tagan. Repetidamente decía que le recordaba a él cuando era pequeño. Hasta ahora, Nabulungi no había cruzado los guantes con Akello, pero se daba cuenta de que Tagan estaba pensado ponerles a prueba juntos: fuerza contra agilidad. Sería un buen entrenamiento para ambos.
Un tarde, tras finalizar la actividad, Mama-Ji llamó a Nabulungi.
- ¿Qué tal estás? ¿Te recuperaste bien?
- Sí, gracias.
- No quiero que tengas una idea equivocada de lo que hacemos nosotras y las chicas. A veces Tagan es cruel cuando está enfadado. Nuestras chicas no se van con cualquiera del black hole. Nosotras, sobre todo, vamos con gente rica y turistas. Gente que te trata bien y no te hace daño. A veces, hacen buenos regalos y vuelven con la misma chica. Siempre es mejor con gente que ya conoces. Para que no estés asustada, te voy a regalar un bonito vestido. Siempre vas vestida de deportista y tú eres una chica guapa con unas bonitas piernas.
- Gracias. No sé cuando me lo podré poner - contestó inocentemente.
- Guardalo, ya habrá ocasión.
Con un beso en la frente y una caricia, Mama-Ji se despidió de Nabulungi.
En dos semanas, en una nueva jornada de peleas, su destino quedaría marcado. Inevitablemente, un pensamiento volvía de forma recurrente a la mente de Nabulungi. Aunque la siguiente pelea me salga bien ¿qué pasará con la siguiente, y la siguiente...? ¿Hasta cuando seré una buena boxeadora?

domingo, 26 de febrero de 2012

Las suaves colinas de Kampala (XX) Una lluvia oscura

Buscando agua. Foto original de Vicente Baos 
El intenso aguacero repiqueteó en el tejado durante todo el día. Un agua oscura que anunciaba el inicio de la época de lluvias, que entristecía y refrescaba el ambiente, que teñía de un marrón arcilloso los lechos espontáneos por los que drenaba y arrastraba la suciedad, y que provocaba que los zapatos quedasen ribeteados de barro espeso. La casa había estado muy tranquila todo el día. Nabulungi despertó cuando sus compañeras de cuarto se preparaban para salir, muy arregladas, con unos zapatos aparatosos y unas faldas muy cortas. Desde su cama veía sus preparativos, rutinarios, sin ninguna alegría, azuzadas por la señora Mama-Ji, la diosa Kali de la casa. Mama-Ji se encargaba del cuidado de todas las chicas, como su homónima hindú -ése era su origen- mantenía su mundo en orden. Era una diosa triple: creaba, mantenía y destruía. Cuando estaban a punto de salir, Tagan y Mbazazi entraron el habitación. 
- Nabulungi, levántate. Ahora vas a venir con nosotros y con las chicas - dijo Tagan.
Mientras se vestía y arreglaba en el baño, vio su cara  hinchada y un labio desgarrado y costroso que dolía al lavarlo. El cuerpo estaba muy magullado y caminar hasta allí había sido un suplicio. Aún así, no dijo nada y puso buena cara, mirando a Tagan  e intentando descubrir si estaba enfadado o no. Por el cristal del baño, vio a Twebaze barriendo sacando el  agua retenida del patio. De refilón, ambos, dándose cuenta de que se estaban observando, dirigieron sus miradas a través de la ventana entreabierta del baño, y mutuamente descubrieron sus caras asustadas, desvalidas e impotentes.
Subieron todos y se sentaron apretados en la furgoneta, en un silencio roto por el dance hall de Batabazi. Mientras sonaba una canción tras otra, la música iba aumentando su poder de anular los pensamientos mediante ese ritmo repetitivo que hace que muevas el cuerpo lentamente, con un balanceo hipnótico entre  las voces agudas femeninas y su grave contrapunto  masculino. 
Llegaron a una de las plazas centrales de la ciudad, muy cerca de donde se ubica el Ministerio del Interior, con sus policías apostados en tanquetas y sus iluminadas aceras, cerca de los hoteles de lujo y sus cuidados jardines desde donde se oían, lejanas, la música y las voces.
Mientras las chicas iban bajando con Mama-Ji, Tagan se dirigió a Nabulungi:
- Hemos venido para que veas una cosa. Tus compañeras vienen aquí cada noche para estar con hombres que pagan dinero. Al principio duele y no te gusta, pero luego te acostumbras y sobre todo, no tienes más remedio ¿Entiendes de que te hablo?
- Sí, dijo con una voz que sonó más infantil de lo habitual. Una voz amortiguada por la sequedad de su boca, por el recuerdo de las veces en que algún hombre en la calle había intentado agarrarla y solo su velocidad y destreza  le habían permitido librarse. De repente, toda la ilusión con la que había deseado  tener éxito como luchadora se había derrumbado, y pensó de qué manera había intentado engañarse con la idea de que una niña de la calle podía tener otro destino distinto a la miseria y la prostitución. No pudo evitar romper a llorar, taparse la cara con vergüenza y agazaparse en el asiento. Tagan, fríamente, le dijo:
- Volvemos a la casa. Ya sabes en qué tienes que pensar. Solo habrá una segunda oportunidad, sino, tu entrenamiento, tu alimentación, todo lo que nos ha costado mejorar tu escuálido cuerpo servirá para otra cosa. Luego volveremos a recoger a las chicas. Así te podrán contar qué tal les ha ido la jornada. 
El vehículo reanudó su marcha camino de la casa. Pararon en una gasolinera y compraron cervezas. Animadamente, contando historias de mujeres y bebiendo, Tagan y Mbazazi hicieron todo el recorrido, Al llegar, Twebaze seguía barriendo un más que limpio patio. Tagan le dijo:
- Ya sabes lo que tienes que hacer toda la noche. No quiero ni una gota de agua o de barro. 
Riendo, entraron en la casa.